"El cielo debe haberte enviado"
Te vi cruzar las vías con la lluvia detrás y el sol en la
mirada. Eran las siete con algo, justo cuando el tren aún no asoma, pero ya se
presiente. Llevabas una bufanda empapada y los zapatos en la mano, como si el
asfalto no doliera.
Yo estaba ahí por rutina, como siempre: huyendo de algo sin
nombre, esperando que el metal del tren raspara también los pensamientos. Y
entonces, tú. Detenida a medio cruce, mirando hacia mí, o quizás más allá, como
si reconocieras algo invisible entre nosotros.
Fue un segundo eterno. Me sonreíste —no como quien saluda,
sino como quien acepta una certeza— y seguiste caminando. Nunca supe tu nombre.
Pero desde ese día cambié de andén, de ropa, de ruta... de rumbo. Dejé de
correr.
A veces vuelvo ahí, bajo la misma lluvia, con la esperanza
absurda de que lo imposible se repita. A veces creo verte en otras caras, en
reflejos de ventanas. Otras veces me convenzo de que sólo fui testigo de una
señal, no de una persona.
Pero siempre, siempre que cruzo las vías y el cielo amenaza
tormenta, me acuerdo de ti.
Y no puedo evitar pensarlo de nuevo:
El cielo debió haberte enviado.
Trovador del Alba
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