Todo empezó con un “cuéntame…”
No fue planeado.
Ni buscado.
Ni siquiera probable.
Dos caminos que ya se habían dado por cerrados
se cruzaron en un lugar cualquiera,
a una hora cualquiera,
como si la vida no hubiera terminado de acomodar las cosas.
Nos miramos con esa mezcla incómoda
de reconocimiento y distancia.
Como quien ve un lugar que alguna vez fue casa.
—Cuéntame… —dijiste.
Y en esa palabra cabía todo:
los años que no estuvimos,
las versiones que fuimos sin el otro,
las preguntas que nunca se hicieron
y las respuestas que llegaron tarde.
Hablamos de lo evidente:
trabajo, rutinas, cambios.
Pero lo importante iba por debajo,
como esas corrientes que no se ven
y, sin embargo, mueven todo.
En algún momento nos reímos.
Y ahí supe que no todo se había perdido.
No hubo promesas.
No hubo intentos de reconstruir lo que fue.
Solo ese instante suspendido
en el que entendimos algo en silencio:
Hay historias que no regresan,
pero tampoco se van.
Nos despedimos sin dramatismo.
Como quien cierra un libro
que nunca dejó de estar abierto.
Y al irme, pensé
que a veces la vida no te devuelve a alguien
para quedarte,
sino para recordarte
quién fuiste…
y todo lo que aún eres capaz de sentir.
Trovador del Alba