sábado, 22 de noviembre de 2025

 


Susurros del viento — Pieza 3

“Montreal bajo la nieve”

El viento del norte no susurra:
canta.
Aúlla entre edificios,
juega con la nieve,
y congela todo excepto aquello que lleva fuego dentro.

Montreal en invierno es un poema blanco.
Las calles respiran vapor,
el cielo guarda silencio,
y la ciudad late despacio
bajo la luz azulada de la mañana.

Fue ahí donde la vi.
Chica de ojos azules
—azules como el hielo que no duele—
y corazón grande,
de esos que uno percibe sin necesidad de palabras.

Caminaba con paso seguro,
como si cada huella en la nieve fuera una historia que elegía escribir.
Había en ella algo sereno,
algo digno,
algo que hacía que el invierno pareciera menos invierno.

El viento la rodeó.
Le tomó el abrigo,
le enredó el cabello,
y aun así no logró arrancarle la suavidad de la mirada.
Esa mirada en la que cabían ternura, valentía
y un misterio que sólo los grandes corazones saben guardar.

Montreal siguió su curso.
Los copos caían sin prisa,
la ciudad respiraba hondo,
y ella avanzaba como quien sabe que la luz no siempre se encuentra:
a veces se es.

A veces —muy pocas—
el viento no trae historias.
Las descubre.
Y aquella mañana, bajo la nieve,
descubrió una.


Trovador del Alba

 


A Tientas de Palabras

“Los susurros del viento”

Los susurros del viento traen historias.
No llegan en voz alta ni buscan protagonismo;
aparecen cuando uno detiene el paso
y aprende a escuchar más allá del ruido.

En ellos, los sueños se deslizan.
A veces como recuerdos que vuelven;
otras, como promesas que apenas se insinúan.
Hay sueños que viajan ligeros
y otros que pesan como si hubieran cruzado desiertos enteros,
pero todos encuentran alguna rendija para decirnos algo.

El viento sabe cosas que nosotros olvidamos:
que ninguna historia se pierde,
que ninguna palabra cae en el vacío,
que incluso el silencio tiene forma.

Quizá por eso vuelve una y otra vez,
tocando puertas que no sabíamos que seguían abiertas,
dejando caer señales que sólo se comprenden
cuando el alma por fin baja la guardia.

Hoy me quedé quieto un momento
y entendí que los sueños no siempre se realizan:
a veces se revelan,
a veces se transforman,
y a veces simplemente piden que los escuchemos.

El viento pasó, leve.
Traía historias.
Traía recuerdos.
Traía un murmullo antiguo que me dijo:
“Todavía hay caminos que no has imaginado.”

Y entonces supe que, aun a tientas,
la vida sigue hablando.


Trovador del Alba

 

Susurros del viento — Pieza 3

“Montreal bajo la nieve”

El viento del norte no susurra:
canta.
Aúlla entre edificios,
juega con la nieve,
y congela todo excepto aquello que lleva fuego dentro.

Montreal en invierno es un poema blanco.
Las calles respiran vapor,
el cielo guarda silencio,
y la ciudad late despacio
bajo la luz azulada de la mañana.

Fue ahí donde la vi.
Chica de ojos azules
—azules como el hielo que no duele—
y corazón grande,
de esos que uno percibe sin necesidad de palabras.

Caminaba con paso seguro,
como si cada huella en la nieve fuera una historia que elegía escribir.
Había en ella algo sereno,
algo digno,
algo que hacía que el invierno pareciera menos invierno.

El viento la rodeó.
Le tomó el abrigo,
le enredó el cabello,
y aun así no logró arrancarle la suavidad de la mirada.
Esa mirada en la que cabían ternura, valentía
y un misterio que sólo los grandes corazones saben guardar.

Montreal siguió su curso.
Los copos caían sin prisa,
la ciudad respiraba hondo,
y ella avanzaba como quien sabe que la luz no siempre se encuentra:
a veces se es.

A veces —muy pocas—
el viento no trae historias.
Las descubre.
Y aquella mañana, bajo la nieve,
descubrió una.


Trovador del Alba 

viernes, 21 de noviembre de 2025

 

Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos

Hay frases que se quedan alojadas en algún rincón del alma, como si esperaran pacientemente el momento exacto para hacerse verdad.

Esta es una de ellas.

“Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”.

Y no lo decimos con nostalgia amarga, sino con la claridad de quien ha sobrevivido a sus propios inviernos.

Porque no, ya no somos quienes fuimos.
Han cambiado las manos, el pulso, los silencios.
Han cambiado las prioridades, los dolores y hasta la manera en que entendemos el amor.
Hoy sabemos que algunas pérdidas no se llenan, solo se acomodan.
Y que algunas alegrías, aunque breves, dejan luz suficiente para seguir caminando.

Los de antes soñaban distinto.
Caminaban más rápido, creían saberlo todo, buscaban respuestas afuera.
Los de ahora aprendimos que la paciencia también es una forma de amor, que la calma es un lugar seguro, y que volver a empezar no es un fracaso, sino una madurez que antes no nos cabía en el pecho.

Los de antes querían llegar.
Los de ahora entendemos que también se vale detenerse.
Mirar.
Respirar.
Agradecer.

No somos los mismos… y está bien.
Porque cambiar no siempre es perder: a veces es reencontrarse.
A veces es descubrir que todavía queda algo de fuego, aun cuando la vida sopló fuerte.
A veces es mirar hacia atrás y abrazar, sin rencor, a quien fuimos… para soltarlo, por fin.

Hoy, a tientas —como siempre— seguimos avanzando.
Con más cicatrices, sí, pero también con más verdad.
Y si esto es cambiar, entonces que siga cambiando el alma, aunque duela un poco, aunque cueste, aunque el mundo no lo entienda.

Porque nosotros los de antes ya no somos los mismos…
y quizás —solo quizás— ahora somos un poco más nosotros.


Trovador del Alva

domingo, 16 de noviembre de 2025

 

“La muerte se sentó a mi lado”

La muerte se sentó a mi lado.
No venía por mí, pero venía cerca.
Traía ese silencio que pesa más que cualquier palabra
y esa manera suya de recordar lo frágil que es todo:
la risa, los pasos, los nombres que uno ama.

No sentí miedo, sentí respeto.
Porque cuando la muerte se sienta a tu lado
te obliga a mirar lo que has postergado,
a abrazar lo que aún tiene pulso,
a decir lo que duele decir
y guardar solo lo que vale la pena guardar.

La muerte se sentó a mi lado
y entendí que hay días que no vuelven,
personas que no se reemplazan
y momentos pequeños que, sin saberlo,
salvan una vida entera.

No se quedó mucho tiempo.
Me miró, nada más,
como quien deja una advertencia amable:
“No desperdicies lo que todavía respira.”

Y entonces, por primera vez en mucho tiempo,
sentí que la vida —mi vida—
me estaba esperando a mí.

Trovador del Alva

 

— “Si mañana no estoy…”

Si mañana no estoy, hija,
quiero que te quede claro algo que ni el tiempo ni la ausencia pueden borrar:

Ser tu papá fue —es y será siempre—
el mejor regalo que Dios me dio.

No lo digo por nostalgia ni por miedo,
lo digo porque cada paso que diste,
cada caída que enfrentaste con esa valentía tuya,
cada vez que la vida te exigió más de lo que te tocaba,
me enseñaste a ser mejor hombre sin pedirlo.

Si mañana no estoy,
quiero que recuerdes que todo lo que eres
supera todo lo que soñé para ti.
Que tu luz no necesita permiso
ni mis manos sosteniendo tus alas.
Ya aprendiste a volar…
y a veces, hija, eso duele y enorgullece al mismo tiempo.

Si mañana no estoy,
llévate esto como una brújula silenciosa:
sigue siendo noble, aunque el mundo no lo sea;
sigue siendo fuerte, aunque tiemble la voz;
sigue siendo tú,
que para mí eso siempre fue suficiente.

Y si mañana sí estoy —porque la vida aún me conceda ese milagro—
entonces te volveré a mirar como siempre:
con la certeza de que tu existencia
fue la forma más hermosa
que tuvo Dios de decirme que confiaba en mí.

Te amo, hija.
En presente, pasado y futuro.
Sin condición y sin calendario.

 Trovador del Alva

viernes, 14 de noviembre de 2025

 

Quizás no fue coincidencia

Quizás no fue coincidencia que aparecieras justo cuando mis días estaban aprendiendo a caminar sin prisa.
Cuando por fin entendía que la soledad también es maestra,
y que el corazón, aunque cansado, todavía tenía sitio para un respiro nuevo.

Quizás no fue coincidencia que tu risa se colara entre mis dudas,
que tu voz tuviera el mismo sonido que mi calma,
o que tu presencia —sin prometer nada—
pareciera recordar un lugar que yo no sabía que extrañaba.

A veces la vida acomoda piezas sin avisar,
como si un arquitecto silencioso estuviera diseñando encuentros
que solo se entienden después.
Como si Dios jugara a dejar pistas en forma de miradas,
sin obligarnos a tomarlas,
pero tampoco permitiendo que las ignoremos del todo.

Quizás no fue coincidencia que tu “hola” llegara el día exacto,
en la hora justa,
con la luz precisa.
Quizás no fue coincidencia que yo, sin buscar nada,
me encontrara contigo.

O tal vez —solo tal vez—
las coincidencias son la manera elegante
que tiene el destino de no asustarnos.

Y tú… tú llegaste así,
como quien toca la puerta sin hacer ruido,
pero trae una historia entera escondida en los bolsillos.

Quizás no fue coincidencia.
Quizás era tiempo.
Quizás eras tú.

Trovador del Alba

 



Cuando te estás enamorando de tu “casi algo”

Sucede como el primer temblor de la madrugada:
no despierta del todo,
pero mueve lo suficiente para que el alma recuerde
que sigue viva.

Enamorarte de tu “casi algo”
es descubrir que el corazón tiene memoria de futuro,
que late por lo que aún no ocurre,
que inventa senderos donde apenas hay huellas.

Es ese instante suspendido
en el que dos miradas construyen un refugio
sin que nadie lo note,
como si el mundo se hiciera a un lado
para dejar pasar lo inevitable.

Y uno avanza despacio,
no por miedo,
sino por reverencia.
Porque hay amores que no irrumpen:
se deslizan.
No conquistan:
susurran.
No prometen:
invitan.

Tu “casi algo” es esa frontera luminosa
donde el azar juega a ser destino
y el destino finge que no le importa.

Y tú, caminante del alba,
sientes que un hilo invisible te llama,
como si Dios tejiera en silencio
lo que tú apenas comienzas a intuir.

No sabes qué serán,
pero sabes que algo ocurre…
y que es hermoso.
Porque hay historias
que nacen así:
como un secreto compartido con el amanecer.

 Trovador del Alba

lunes, 10 de noviembre de 2025

 

🌙 A Tientas de Palabras

Coincidir contigo no fue casualidad; fue destino con aroma de ternura.
Desde entonces, cada día lleva un poco de ti:
tu nombre se mezcla con el viento,
tu risa le pone luz a mis sombras.

No te busqué, pero te encontré donde el alma se rinde y el corazón recuerda quién es.
Y desde entonces, amar es mi manera de estar en el mundo,
mi oración más sencilla,
mi milagro más constante.

—Trovador del Alva

 


🌘 A Tientas de Palabras

Eres mi silencio,
ese que llega cuando las palabras ya no bastan.
La pausa que deja el mundo cuando apareces,
la certeza tranquila de que nada duele si estás cerca.

No eres mi todo; eres mi calma,
mi vértigo detenido entre el suspiro y la mirada,
el refugio que no se dice, pero se siente.

Cuando te pienso, el tiempo se pliega,
el ruido se apaga,
y solo queda ese instante donde el alma entiende
que el amor, a veces, se pronuncia sin decirse.

—Trovador del Alva

 

💔 A Tientas de Palabras

No estás, y sin embargo, algo de ti sigue aquí.
En el aire que no nombro, en los silencios que no rompo,
en ese rincón del alma donde el recuerdo se sienta sin pedir permiso.

He aprendido que el amor no siempre necesita presencia;
a veces basta con la sombra que deja su paso,
con el eco de una risa que ya no vuelve,
con la ternura de un “alguna vez” que no renuncia a doler bonito.

Camino solo, sí. Pero no vacío.
Porque hasta el corazón más solo late con la esperanza de un encuentro,
aunque no sepa cuándo ni con quién.

—Trovador del Alva

  A veces aún te extraño Hay días que pasan sin ruido sin nada que quiera volver me acostumbro a lo que he sido después de aprender a per...