Susurros del viento — Pieza 3
“Montreal bajo la nieve”
El viento del norte no susurra:
canta.
Aúlla entre edificios,
juega con la nieve,
y congela todo excepto aquello que lleva fuego dentro.
Montreal en invierno es un poema blanco.
Las calles respiran vapor,
el cielo guarda silencio,
y la ciudad late despacio
bajo la luz azulada de la mañana.
Fue ahí donde la vi.
Chica de ojos azules
—azules como el hielo que no duele—
y corazón grande,
de esos que uno percibe sin necesidad de palabras.
Caminaba con paso seguro,
como si cada huella en la nieve fuera una historia que elegía escribir.
Había en ella algo sereno,
algo digno,
algo que hacía que el invierno pareciera menos invierno.
El viento la rodeó.
Le tomó el abrigo,
le enredó el cabello,
y aun así no logró arrancarle la suavidad de la mirada.
Esa mirada en la que cabían ternura, valentía
y un misterio que sólo los grandes corazones saben guardar.
Montreal siguió su curso.
Los copos caían sin prisa,
la ciudad respiraba hondo,
y ella avanzaba como quien sabe que la luz no siempre se encuentra:
a veces se es.
A veces —muy pocas—
el viento no trae historias.
Las descubre.
Y aquella mañana, bajo la nieve,
descubrió una.
Trovador del Alba