“Cuando se Abra la Puerta”
Siempre imaginé que el final de mis días sería un pasillo blanco, silencioso, lleno de sombras que no pesan. Pero últimamente he pensado que no. Que quizá sea más sencillo, más humano.
Quizá el final sea una puerta.
Una sola.
De madera gastada, como las que crujen cuando el viento quiere contar un
secreto.
En mi imaginación llego hasta ella con pasos torpes,
cargando lo que fui, lo que pude haber sido, lo que no dije. Y ahí me detengo.
No por miedo, sino por una sensación extraña: esa mezcla de ternura y pudor que
se siente antes de abrazar a alguien después de muchos años.
Porque del otro lado —eso lo sé sin saber por qué— alguien
me espera.
No un juez, no un recuerdo…
Alguien.
Y mientras coloco la mano sobre la madera tibia descubro que el peso no viene del pasado, sino de la pregunta:
¿qué haré cuando la puerta se abra?
¿Me quedaré quieto, sin palabras, como quien por fin encuentra el rostro que buscó en todas partes?
¿O correré hacia esa luz, olvidando mis torpezas, mis culpas, mis rutas
incompletas?
¿Lloraré por lo vivido… o reiré por haber llegado al fin?
No lo sé.
Y en esa incertidumbre hay una forma de consuelo.
Imagino la puerta abriéndose sin ruido.
Imagino unos ojos que reconocen los míos antes de que yo pueda decir mi nombre.
Imagino una voz que no necesita presentarse.
Y entonces, solo entonces, algo se afloja dentro de mí como un nudo que se
rinde.
No sé qué haré.
Pero sí sé una cosa: cuando llegue ese momento, el amor hará lo suyo, y
yo, por primera vez, no tendré necesidad de imaginar más.
Trovador del Alba
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