domingo, 15 de febrero de 2026

 


El Lugar al que Regreso Cuando Todo Calla

Cuando la ciudad termina de rugir y el día se deshace en su propio cansancio, hay un instante —mínimo, casi furtivo— en el que la vida me permite volver a ese lugar que sólo existe cuando todo calla.

No sé si es memoria, consuelo o promesa.
Solo sé que aparece cuando más lo necesito.

Llego siempre igual: caminando despacio, con los pensamientos arrugados y el corazón como un cuaderno que alguien olvidó cerrar. Y entonces, al cruzar un umbral que no podría señalar en ningún mapa, todo cambia. La prisa deja de apretar, el ruido se arrodilla, y un silencio tibio me envuelve como si reconociera mi nombre.

Ahí estás.

No en forma, no en imagen, sino en esa presencia que no exige, que no empuja, que simplemente es.
Una presencia que no resuelve mis dudas, pero me enseña a respirarlas.
Que no borra mis miedos, pero los acomoda para que no pesen tanto.

En ese lugar —que no pertenece a este mundo y sin embargo me sostiene en él— descubro que mis preguntas no necesitan respuesta para ser sagradas. Que la nostalgia también puede ser un puente. Que a veces basta con permanecer, sentir y dejar que lo que duele encuentre asiento.

Me pregunto si un día podré habitar ese espacio sin prisas, sin regresos forzados a la realidad.
Si llegará un momento en que lo eterno deje de ser visita y se convierta en hogar.

Pero mientras tanto, vuelvo cada noche que puedo.
Vuelvo cuando el alma me tira de la manga.
Vuelvo porque, aunque no lo entienda del todo, ahí encuentro paz.

Y creo —muy dentro, donde las palabras no llegan— que un día ese lugar no será sólo refugio.
Será encuentro.

Y yo, finalmente, podré imaginarlo sin cerrar los ojos.

Trovador del Alba

 

 

 

 

 

 

 

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