domingo, 15 de febrero de 2026

 


“La Ciudad que Solo Veo por Dentro”

Hay una ciudad que no aparece en los mapas.

Una que no tiene avenidas ni semáforos, pero que despierta cada vez que cierro los ojos.
No está hecha de edificios, sino de recuerdos; no tiene plazas, sino silencios; no está habitada por multitudes, sino por las voces que no se han ido.

En esa ciudad, todo es más lento.
Las luces no encandilan: acompañan.
Los pasos no corren: regresan.
Y los ruidos de afuera, esos que siempre exigen algo, se deshacen al tocar el umbral de mis pensamientos.

Camino por sus calles invisibles cuando el mundo real aprieta demasiado.
A veces llego a la plaza donde guardo mis certezas; otras, al callejón donde se acumulan los miedos que nunca menciono.
Pero siempre hay un puente que me lleva a un lugar distinto: a ese rincón tibio donde la memoria deja de doler y se vuelve enseñanza.

La ciudad que veo por dentro no es perfecta.
Tiene grietas, tiene sombras, tiene esquinas donde prefiero no entrar.
Pero también tiene ventanas abiertas hacia lo que puedo llegar a ser, y una luz que se enciende justo cuando el cansancio amenaza con quedarse.

Allí sé quién soy sin explicarlo.
Allí entiendo lo que no sé decir con palabras.

Y cada vez que salgo de esa ciudad secreta, el mundo exterior me parece menos hostil, como si nada pudiera realmente derrumbarme mientras conserve el mapa que llevo en el pecho.

Porque hay lugares a los que solo se llega cerrando los ojos.
Y hay ciudades —las más verdaderas— que se construyen desde dentro.

Trovador del Alba

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