“Donde la Luz Aprende mi Nombre”
A veces camino sin rumbo, como si mis pasos supieran algo
que mi cabeza olvidó hace tiempo.
La ciudad vibra, empuja, empuja siempre, pero de pronto —no sé por qué— ocurre
ese instante extraño en el que todo se abre, como si alguien apagara el ruido
desde dentro.
Ahí es cuando la reconozco.
La Luz.
No la que cuelga de los postes ni la que rebota en los
anuncios;
hablo de esa luz que aparece en los lugares más improbables:
en la ventanita empañada de una panadería,
en el reflejo dorado de un charco terco que sobrevivió al tránsito,
en el rostro cansado de alguien que no sabe que sonríe.
Esa luz no ilumina: te recuerda.
Te dice quién eras antes de los pendientes,
antes de la prisa,
antes del miedo.
A veces pienso que esa luz me conoce mejor que yo mismo.
Es ella quien pronuncia mi nombre sin decirlo,
quien me alcanza en los días donde lo que cargo pesa demasiado,
quien me sostiene cuando mi fe camina coja.
La ciudad sigue, como si nada.
Pero yo me quedo ahí, quieto, por un segundo que siempre parece eterno,
porque sé que esas rendijas de claridad no llegan por casualidad.
Llegan porque Dios tiene paciencia.
Y porque, incluso en la ciudad más ruidosa,
Él sabe dónde encontrarme.
En ese rincón secreto —entre luces humildes y sombras que ya
no asustan—
entiendo que no estoy perdido.
Solo estoy siendo encontrado otra vez.
Trovador del Alba
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